Los retos de la post-modernidad para nuestra identidad: la fragmentación de la historia personal.
Hasta aquí hemos observado que la identidad necesita relaciones relativamente estables desde las cuales construirse.
Pero, ¿qué sucede cuando también se vuelven inestables las estructuras sociales que anteriormente organizaban la existencia?
Durante buena parte de la modernidad industrial, algunas instituciones proporcionaban (con todas sus limitaciones y formas de dominación) marcos relativamente estables para organizar nuestra biografía:
-Familia
-Religión
-Comunidad
-Trabajo
-Clase social
-Estado
-Nación
-Roles de género
La modernidad tardía ha debilitado muchos de estos marcos, facilitando nuestra libertad para decidir quién queremos ser. Pero esa libertad tiene también un reverso: cada vez resulta más difícil saber quién debemos ser.
La fragmentación de las trayectorias
Richard Sennett estudia este problema en su libro La corrosión del carácter.
El capitalismo flexible sustituye progresivamente las trayectorias profesionales largas y previsibles por proyectos, contratos, cambios de empresa, movilidad, especialización continua y adaptación permanente. Esto, con el advenimiento de la Inteligencia Artificial, no ha hecho más que acentuarse.
La consecuencia de este proceso, sin embargo, no es únicamente económica, también es biográfica.
Mi tesis doctoral «Comunidades de extraños por una sociedad de iguales» me llevó a descubrir que los cambios en las formas del trabajo generan una percepción de uno mismo y del entorno “cada vez más volátil, incierta e insegura” y este capitalismo contemporáneo dificulta “la construcción de una identidad y un relato vital coherentes y compactos”.
Antes podía existir una historia relativamente sencilla:
“Entré a trabajar aquí a los veinte años.”
“Aprendí este oficio.”
“Formé una familia.”
“Viví en este lugar.”
“Me jubilé.”
Probablemente nos alegramos de no vivir esa vida ahora, pues estaba llena de limitaciones. Pero seguramente anhelamos aquella continuidad y seguridad, su sencillez.
Y es que la lógica contemporánea introduce otra narrativa: reinvéntate, actualízate,
muévete, arriesga, aprende, emprende, produce, diferénciate, vende, vende, vende…
El problema aparece cuando aquello que debería ser una posibilidad de transformación se convierte en una obligación permanente de transformación.
La pregunta deja de ser únicamente:
¿Quién soy?
y comienza a convertirse en:
¿Estoy siendo suficientemente bueno para seguir siendo alguien?
La desestabilización de los estables
Otro autor al que estudié bien durante mi tesis doctoral, Robert Castel, observa que la precarización no afecta únicamente a quienes tradicionalmente ocupaban posiciones marginales. La novedad, según él, es que se da una “desestabilización de los estables”.
La transformación del trabajo, de los mecanismos públicos de protección y de los vínculos comunitarios extiende la inseguridad hacia sectores que anteriormente podían construir su existencia sobre soportes relativamente previsibles.
Tu tesis resume este proceso señalando cómo la pérdida del trabajo estable, de las estructuras comunitarias y de los soportes relacionales fragiliza aquello que Castel llama los soportes que permiten la inserción “en un medio en el que resulte humano vivir”.
Y es que la identidad no es solamente una cuestión individual; necesitamos soportes para sostenerla.
La seguridad existencial
Otro sociólogo bien conocido, Anthony Giddens, permite comprender especialmente bien las consecuencias psicológicas de este proceso.
Él desarrolla el concepto de seguridad ontológica para referirse a una confianza en la vida que permite experimentar cierta continuidad, un mínimo de certezas, una estructura a lo que agarrarse: yo sigo siendo yo, el mundo continuará existiendo mañana, las personas importantes son relativamente confiables, mi historia tiene alguna coherencia. No significa creer que nada cambiará, sino disponer de suficiente estabilidad interna y relacional como para atravesar el cambio.
En mi tesis investigué esta seguridad ontológica para cómo el individuo puede sentirse seguro al disponer de respuestas para algunas preguntas fundamentales acerca de la existencia. Descubrí que para ello, dependemos de vínculos seguros en los que confiar y normas o valores en los que creer, para tener una cierta estructura en la que orientarnos en nuestra existencia:
“La confianza, las relaciones interpersonales y una convicción de la realidad de las cosas van de la mano en la construcción social de la vida adulta”.
Esta seguridad conecta con la necesidad humana de mantener cierta continuidad en la identidad incluso cuando esta se encuentra permanentemente en transformación.
Y esto nos lleva a una paradoja central.
Necesitamos una identidad suficientemente estable para sentir seguridad, al igual que necesitamos una identidad suficientemente flexible para poder crecer y evolucionar con la vida.
Una identidad demasiado frágil hace que dependamos continuamente de la validación exterior. Una identidad demasiado rígida hace que cualquier experiencia contradictoria sea vivida como amenaza.
La salud la encontramos, pues, en tanto podemos, en mayor o menor medida, equilibrar ambas.
De la biografía al problema personal
Vemos, pues, cómo uno de los grandes peligros culturales contemporáneos es que problemas y tendencias estructurales pueden acabar experimentándose como defectos y mandatos personales.
«Si no tengo trabajo es porque no soy emprendedor».
«Si mi profesión desaparece es que no he sabido adaptarme”
«Si estoy agotado es porque no sé organizarme”
«No soy feliz porque no estoy trabajando suficientemente en mí mismo”
Lo que en etapas históricas anteriores podía entenderse como un conflicto social hoy día acaba convirtiéndose en una misión psicológica individual.
Práctica: mi relato vital
Toma un folio y ponlo frente a ti en horizontal.
Dibuja una línea desde tu nacimiento hasta el presente, libremente, sin pensar, siguiendo tu intuición.
Marca cada punto de inflexión en la línea.
Escribe una palabra para cada punto de la línea, por asociación consciente o inconscientemente con ese lugar, tal vez un momento en tu «trayectoria vital».
Cuando hayas escrito una palabra sobre cada punto, escribe una frase o párrafo que contenga todas esas palabras. Después pregúntate, de ser una película o un libro, ¿qué título le pondría?.
Observa que esta no es la historia de tu vida, sino la forma en que te estás contando tu vida en este instante. No tiene por qué ser así después, como probablemente no lo era antes, pero te puede dar pistas para entender cómo te percibes en este momento vital.
Si deseas profundizar en este ejercicio y la escritura de tu historia personal, ofrezco un curso de autoficción terapéutica online, trimestral. Puedes escribirme a raulrsola@gmail.com para más información.