La construcción de la identidad: el espejo del otro
No construimos nuestra identidad en soledad
Una de las primeras intuiciones de la sociología y la psicología social consiste en reconocer que el Yo se construye en relación.
Desde el interaccionismo simbólico, la identidad no es entendida como algo completamente formado que posteriormente entra en contacto con otras personas. Nos vamos descubriendo, precisamente, a través de nuestras interacciones.
George Herbert Mead distingue entre el “I” y el “Me”.
El «Me» es el Yo que puedo observar: la imagen que tengo de mí, formada en buena medida mediante la interiorización de las respuestas, expectativas y normas de los demás.
El «I» remite al aspecto espontáneo de la experiencia que responde a esa identidad ya constituida.
Charles Horton Cooley utilizó una metáfora especialmente poderosa: el looking-glass self, el Yo espejo.
En términos sencillos:
Me observo a mí mismo a través de cómo imagino que los demás me observan.
Desde la infancia recibimos continuamente mensajes:
“Eres muy listo.”
“Eres torpe.”
“Eres tímida.”
“Siempre has sido muy responsable.”
“Tu hermano es más cariñoso.”
“No llores.”
“Qué orgullosos estamos de ti.”
El problema no reside necesariamente en esas frases. El problema aparece cuando comenzamos a confundirlas con una definición absoluta de quién somos.
De la interacción surge progresivamente un relato:
“Yo soy esta clase de persona.”
Y ese relato orienta posteriormente nuestra atención.
Si pienso que soy incompetente, recordaré con especial intensidad mis errores.
Si pienso que soy fuerte, quizá tenga dificultades para reconocer mi vulnerabilidad.
Si he aprendido que soy valioso cuando obtengo buenos resultados, puedo dedicar mi vida entera a buscar el siguiente logro que confirme mi valor.
Nuestra identidad acaba funcionando como un filtro mediante el cual interpretamos nuestra propia experiencia.
El reconocimiento
Aquí aparece una necesidad profundamente humana: ser reconocidos.
Nuestra tesis sociológica puede expresarse de una manera psicológica muy sencilla: no basta con existir; necesitamos experimentar que nuestra existencia tiene algún significado para otros.
Ser mirado.
Ser escuchado.
Ser incluido.
Sentir que podemos contar con alguien y que también contamos para alguien.
Serge Paugam distingue precisamente esas dos dimensiones del vínculo: protección y reconocimiento. La protección significa poder “contar con”; el reconocimiento, experimentar que “contamos para”. Tu tesis desarrolla esta dimensión mostrando que los vínculos no proporcionan solamente recursos económicos o prácticos: también intervienen en la construcción de la percepción de uno mismo, la pertenencia, la función social y el sentido vital.
Esto permite comprender algo fundamental:
Una parte de nuestra identidad se construye con el material de las miradas que hemos recibido.
Por ello, determinadas experiencias relacionales tienen tanta fuerza.
Un niño no interpreta inicialmente:
“Mi madre está emocionalmente desregulada y por eso no puede atenderme.”
Lo normal, al contrario, es que piense:
“Hay algo malo en mí.”
“No soy suficientemente importante.”
“Tengo que hacer algo para que me quieran.”
De ahí pueden surgir estrategias identitarias:
- ser perfecto;
- ser útil;
- no molestar;
- ser gracioso;
- ser exitoso;
- cuidar siempre a los demás;
- ser fuerte;
- rebelarse;
- pasar desapercibido.
En su origen pueden haber sido respuestas inteligentes a un entorno concreto.
El problema aparece cuando una estrategia adaptativa se convierte en identidad:
“No es algo que aprendí a hacer; esto es quien soy.”
El Yo psicológico
La noción de “Yo” ha sido abordada desde múltiples tradiciones psicológicas. Cada una enfatiza aspectos distintos del funcionamiento humano y ofrece marcos complementarios para comprender la identidad, la conducta y la experiencia subjetiva.
Perspectiva psicoanalítica
Para el psicoanálisis clásico, el Yo es una instancia mediadora entre los impulsos inconscientes (Ello), las demandas sociales y morales internalizadas (Superyó) y las exigencias de la realidad.
Su función consiste en mantener cierta coherencia de la experiencia y regular los conflictos que aparecen entre estas dimensiones.
Desde este punto de vista, muchos mecanismos que posteriormente consideramos defectos personales pueden comprenderse inicialmente como intentos de protección.
Perspectiva cognitivo-conductual
Desde la psicología cognitiva podemos entender la identidad como una organización relativamente estable de esquemas, creencias y patrones interpretativos.
“No soy suficiente.”
“Debo gustar a todo el mundo.”
“Si fracaso, no valgo.”
“No puedo confiar en nadie.”
Estas creencias no solamente describen la realidad: condicionan aquello a lo que prestamos atención, cómo interpretamos lo que ocurre y cómo actuamos posteriormente.
Por ello pueden terminar confirmándose a sí mismas.
Perspectiva humanista
Carl Rogers propone comprender el Yo como una constelación de percepciones que la persona tiene acerca de sí misma.
Una de sus aportaciones fundamentales es el concepto de condiciones de valor.
El niño necesita amor y aceptación, pero puede aprender que recibe ese reconocimiento especialmente cuando se comporta de determinadas maneras.
“Te quiero cuando eres bueno.”
“Estoy orgulloso cuando triunfas.”
“Me decepcionas cuando eres así.”
Comienza entonces a alejarse de determinados aspectos de su experiencia para mantener la pertenencia.
Aparece una distancia entre:
lo que experimento
y
lo que considero que debería experimentar para ser aceptable.
La salud psicológica implica recuperar progresivamente la congruencia entre ambas dimensiones.
Perspectiva sistémica: el Yo como sistema interno
El modelo Internal Family Systems (IFS) de Richard Schwartz ofrece otra perspectiva especialmente útil.
La psique no sería una entidad uniforme, sino un sistema compuesto por diferentes partes.
Algunas partes intentan anticiparse al peligro y controlar la experiencia.
Otras reaccionan impulsivamente cuando aparece dolor.
Otras conservan experiencias de vulnerabilidad que el sistema ha tratado de mantener alejadas de la conciencia.
Podemos distinguir pedagógicamente:
Protectores gestores: intentan prevenir el dolor mediante control, perfeccionismo, anticipación, evitación o hiperresponsabilidad.
Protectores bomberos: intervienen cuando el sufrimiento ya está presente mediante estrategias rápidas de desconexión o descarga.
Partes exiliadas: conservan experiencias de miedo, vergüenza, abandono, soledad o insuficiencia que anteriormente no pudieron ser suficientemente sostenidas.
Desde esta perspectiva cambia radicalmente la pregunta.
En lugar de:
“¿Cómo elimino esta parte de mí?”
podemos preguntar:
“¿Qué intenta hacer por mí?”
“¿De qué trata de protegerme?”
“¿Qué teme que suceda si deja de hacerlo?”
Esto abre una puerta fundamental para este seminario:
Una identidad sana no exige eliminar partes de nosotros mismos.
Exige aprender a relacionarnos con ellas.
Práctica: El espejo del otro
Escribe cinco frases que hayas aprendido acerca de ti mismo:
Yo soy…
Después pregúntate respecto de cada una:
¿Quién me enseñó esto?
¿En qué experiencias se construyó?
¿Qué personas reforzaron esta imagen?
¿Qué experiencias contradicen esta definición?
¿Esto describe completamente quién soy o describe solamente una parte de mi historia?